Avatarín observó el planeta azul desde el ventanal de la nave mientras sostenía una porción de pizza perfectamente equilibrada.
No era un acto trivial.
Durante años, los analistas habían estudiado el impacto de Avatar como fenómeno visual, pero pocos habían considerado su efecto colateral más persistente: la alteración de las rutinas humanas más básicas cuando la pantalla alcanza dimensiones suficientes para anular la voluntad.
El color azul dominaba la ecuación.
Azul en la piel. Azul en los cielos. Azul en la memoria colectiva.
La pizza, sin embargo, introducía una constante inesperada: la necesidad. Porque incluso en los mundos más sofisticados, incluso en las civilizaciones capaces de crear universos enteros mediante luz y sonido, el cuerpo sigue reclamando su tributo.
Avatarín mordió con calma.
El espectáculo continuaría. El universo seguiría expandiéndose.
Pero ninguna proyección, por inmersiva que sea, puede prescindir de la pausa humana.
En Pantalla Grande no analizamos solo una película.
Estudiamos lo que ocurre cuando la tecnología consigue que olvidemos dónde estamos…
y cuándo necesitamos volver.
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